Veritas non Vanitas. El horrendo escudo heráldico del cardenal

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Uno de los rasgos más definitorios de nuestra época es la dictadura de la fealdad que padecemos, cuyos aspectos más visibles lo constituyen las grotescas imposturas del mal denominado arte contemporáneo, pues de arte solo conserva el nombre. Espacios urbanos, zonas comerciales y hasta nuestros campos, playas y costas se encuentran colonizados por edificios y construcciones horripilantes, esculturas e instalaciones vulgares, conglomerados híbridos y sin alma, y grafitis, pintadas, plástico y hormigón a tutiplén, que afean nuestro entorno y deslucen el paisaje en nombre de una pretendida modernidad. Otra de las señas de identidad del presente es la inversión de los valores sobre cuya base se construyó la civilización cristiana o, lo que es lo mismo, la ruptura completa con los lazos comunitarios que tejieron con paciencia de relojero nuestros mayores –llámense Familia, Escuela, Iglesia de Roma, cuerpos intermedios o Monarquía– y su sustitución por la faramalla prometeica del transhumanismo y otras aberraciones sociales, presentadas siempre por la propaganda sistémica como señuelos apetecibles y gozosos. 

Ambas patologías, ruptura de los estándares estéticos y deconstrucción simbólica, confluyen en el escudo de monseñor Álvaro Ramazzini, obispo de Huehuetenango (Guatemala), investido cardenal por el Papa Francisco el pasado 5 de octubre de 2019. Como pueden apreciar nuestros lectores, dicho escudo (¿?) es un patchwork de calcomanías, a cual más ramplona y desubicada, en donde particiones, piezas y muebles heráldicos, y su elegante e intransferible lenguaje como modelo acabado de referencias semióticas, han sido sustituidos por un fotomontaje guay, banal y hortera, en plena sintonía, eso sí, con la ñoña catequesis progre que se imparte en la mayoría de las sacristías y, muy especialmente, con la geografía cotidiana del consumo: spots televisivos, vallas publicitarias, eslóganes, anuncios y cartelería a todo color. El constructo se remata con una  mitra que ha desplazado al capelo, por lo que el cardenalato solo se reconoce por las borlas, y con un latín y signos de puntuación del lema maltratados sin conmiseración ninguna. 

Algunos pensarán que el asunto que comentamos es una mera anécdota. A nosotros nos parece un preocupante síntoma de perdida de sacralidad y de claudicación de las instancias vaticanas a las modas y la mundanidad. Puede decirse que el proceso de desnaturalización progresiva de las armerías es parejo al alejamiento de la civilización moderna del mundo tradicional y de todo fundamento ontológico superior. La pervivencia a duras penas de rituales seculares establecidos contrasta con el deseo de dejar a toda costa una impronta de dudosa originalidad personal. Claro que transmutar la solemnidad institucional exigible a un príncipe de la Iglesia por un expositor publicitario no debiera asombrarnos si tenemos en cuenta los continuos excesos y performances litúrgicas a que nos tienen acostumbrados algunos clérigos, la última de ellas ocurrida hace dos semanas con el espectáculo de Tangana bailando bachata entre los muros santos de la catedral primada de Toledo. ¡Si Monseñor Bruno Bernard Heim (el más más grande heraldista eclesiástico del siglo XX) levantara la cabeza!

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